jueves 11 de diciembre de 2008

El olor I

Nadie sabe cuándo comenzó. Una mañana, en la imprenta, después de reponer el último cartucho de tóner, percibió que por allí algo olía realmente mal. Se agachó a realizar ese gesto evolutivamente moderno de mirarse la suela de los zapatos y no encontró nada. Tampoco en su ropa. Como estaba solo y tenía algo de tiempo libre, se dedicó a buscar alguna evidencia material de tal fetidez por el taller, pero no parecía que allí ningún animal hubiera entrado a hacer de las suyas.

Así que decidió limpiarlo todo, solamente por confirmar que, fuese lo que fuese aquel olor, desaparecería. Pero, como esperabas, querido lector, no fue así. Cual fue su sorpresa al comprobar que una vez cambiada la ropa de trabajo y abandonado el taller, el olor seguía ahí. Era realmente aterradora la visión de un hombre de pequeña estatura, desvergonzadamente entrado en años y carnes, desnudo frente al espejo del servicio, buscando la prueba que pudiese resolver un misterio que ya comenzaba a extenderse demasiado en el tiempo. Por suerte, no quedaba nadie más y pudo irse a casa, esperando llevarse el misterio con él, y así fue.

No sólo el coche, sino también la recepción de su edificio y su ascensor, y su propia casa, rezumaban ese olor casi nauseabundo que parecía provenir del suelo, del techo, de las paredes y las mesas. Abrió la puerta de la habitación, decidido a contarle a su mujer lo que había pasado. También le invadía la expectación por comprobar si definitivamente aquella nueva condena pituitaria le concernía sólo a él. Quizá toda la ciudad oliese a mierda...quizá un escape de algún tipo de agente químico...

Desgraciadamente para él y para nosotros sólo encontró en la habitación una nota de despedida. Ella había hecho las maletas y le había dejado unas horas antes.

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