miércoles 13 de mayo de 2009

Cuando cruzábamos el bosque en plena noche, era difícil saber si resultaría peor una noche oscura y agitada, en la que nuestros pensamientos de culpabilidad y deshonra levitaban y los caballos bufaban y nos tapábamos la cara del viento húmedo y llegábamos empapados, o una de esas noches lúcidas y gélidas de luna llena en las que todo el universo parecía haberse detenido y la culpa flotaba sobre nuestras cabezas como una lastimosa y amenazante espada de Damocles. Los árboles, en su iluminada y extraña quietud, se organizaban en inconstantes caminos que desembocaban en otros nuevos trayectos rodeados por otros árboles iluminados y extraños, hasta que, pasado el amanecer, encontrábamos el camino de vuelta, respirando tranquilos y charlando de manera amistosa, como si nada hubiera pasado, celebrando estar, ahora sí, en casa.

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