Caminamos entre las vías del tren hacia alguna estación indeterminada, no tenemos calendario ni folletos. Hace tiempo que olvidamos de quién huimos.
Nos hemos acostumbrado a este paso, de barra a barra y sin tocar el suelo, nuestras botas limpian el borde de los travesaños y cortan la maleza. Y también vamos de lado a lado, saltando alegremente y deslizándonos por los raíles metálicos. Ana va delante del grupo, siempre canturreando por lo bajo, siempre reconociendo la zona, la vista en el horizonte, la mano en el arma. Nosotros tenemos suficiente con saltar de travesaño en travesaño.
Nos encadenamos los unos a los otros y somos, en definitiva, como un tren sin ventanas, corremos como una bala por los túneles y los hacemos bufar: vamos en todas direcciones y en una al mismo tiempo, y llegar a algún lugar no es importante excepto para quien, asomándose al andén y con mirada ya anciana pero curiosa, nos espera apoyado en su bastón.
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