martes 8 de septiembre de 2009

Sucede que, habiéndonos quedado solos mi madre y yo la mayoría del tiempo, hemos recuperado de un pasado inexistente una tradición: la distensión y charla durante la sobremesa. Se trata de entablar, con el ronroneo de fondo de nuestra televisión de la cocina, algún tipo de conversación de la que poder extraer pequeños fragmentos de conocimiento mutuo, colocar chinchetas en el mapa mental de la imagen del otro. Recuperar el tiempo perdido.

Pues bien, teniendo una de estas charlas distendidas, me comentaba mi madre que, estando de viaje en Roma, particularmente en la Plaza de San Pedro, pudo presenciar uno de los espectáculos más altos a los que puede aspirar el ser humano: la remisión y entrega a Dios del alma de una pecadora. Sucedió que, en el grupo de personas del viaje en el que mi querida madre participaba, figuraba una señora más bien adulta, de buen ver y mejor cartera, recientemente separada y sospechosa de haber pecado de pensamiento, palabra, obra y omisión, sobre todo de obra. El caso es que, ante la grandeza del lugar, innegable por otra parte, las medidas de seguridad que mantuvieron al grupo de visitantes en vilo durante horas, y la aparición de la figura del Papa, oh, ese hombre entre los hombres de túnica púrpura, la pecadora en cuestión se vino abajo y se pasó toda la velada eucarística, acompañada únicamente por sus lágrimas, pidiendo perdón a Dios. Sigue la historia con la evolución posterior de la señora, no sólo en el regreso en autobús al hotel, ni siquiera de vuelta a España sobrevolando los anchos campos de Castilla en aquel vuelo de Iberia: el tema es que nuestra protagonista cambió de vida tras volver a casa de una manera drástica, entre otras cosas rehaciendo su matrimonio, volviendo al redil de los justos, ya bendita, ahora sí, por su Excelencia, tocada en el aire por la pluma de la paloma del Espíritu Santo, beata entre las beatas y digna de la ancianidad más pura que un burgués católico medio se pueda imaginar.

Yo, que me había pasado casi toda la anécdota interrumpiendo de manera soez a mi madre para hacer chistes bastante poco respetuosos acerca de la vestimenta del Papa y otras herejías, no había reparado hasta el final de la historia en el énfasis que ella ponía en la alegría que le había causado contemplar esta reconversión digna de un episodio evangélico, este milagro de la conciencia del siglo XXI. Jamás habría pensado felizmente en el destino del alma de ninguno de mis congéneres, y sin embargo mi madre, a la cual describiré para resumir como temerosa de Dios, encontró su regocijo en el regreso espiritual de aquella señora con la que, por otra parte, no compartía ningún tipo de actividad social, y me conmovió de tal manera que, sólo por unas centésimas, deseé con todas mis fuerzas atarme a algún tipo de creencia superior; me vi tumbado en la Piazza de San Pietro, con las piernas y brazos abiertos a la manera del Hombre de Vitrubio, al fondo la voz amplificada de Juan Pablo II retumbando en mi cabeza y en mi alma, mis pecados cayendo al unísono por ambas mejillas en forma de lágrimas, entregando mi corazón a lo más alto y sagrado, suspendido en el aire por las manos de Dios, sonriendo al pasado y al futuro, flotando sobre la ciudad.

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