jueves 10 de septiembre de 2009

Sucede que, por desgracia, el día precedente a la noche en que murió el padre, fue tremendamente agotador. Mis hermanos y yo salimos al bosque a por madera, en parte para abastecer de calor a la gente que presumíamos iba a ocupar la casa en los días siguientes; en parte para distraernos y dejar a las mujeres tratando al moribundo con sus prácticas habituales de higiene.

Resultó ser una misión más complicada de lo esperado, con defectos técnicos y de organización, que incluyeron discusiones más o menos acaloradas derivadas de la tensión con que toda la familia estaba viviendo los últimos días del viejo.

Después de comer, y tras saludar al padre como era menester, realizamos las demás tareas de la granja, con la torpeza típica de los urbanitas regresados al campo, casi sin hablarnos. Estas tareas nos llevaron hasta casi entrada la noche, cuando entramos sudorosos al salón. Las mujeres nos ofrecieron agua y, acto seguido, la cena, que no fue de elaboración destacable pero sí de dimensión.

Con esta sensación del trabajo realizado y el cansancio proporcional, nos fuimos acostando, lenta y ordenadamente, las pequeñas familias allí presentes.

En mitad de la noche, A. vino a despertarnos, con la cara brillante del lagrimeo y el camisón flotando inerte sobre su cuerpo. El padre, que había agonizado en vida durante años, yacía ahora sereno sobre la cama, el chaleco perfectamente abrochado, el pelo reposando sin nervio, la mirada cerrada. Yo, que, como ya he dicho, había sufrido durante el día un cansancio pocas veces experimentado, efectué mi entrada en el cuarto, tambaleante aún, y contemplé al muerto y al comité de defunción entre la neblina propia del recién levantado.

Podría deducirse que mi siguiente acción oscilaría entre el decaimiento, el lloro y el enfado, y, sin embargo cogí aire suficiente como para aguantar un buen rato bajo el agua y expulsé la más grande risotada de mi vida. Ni mis hermanos ni mi mujer habían presenciado algo así nunca en mí, algo que pude adivinar por sus miradas. Fueron los primeros los que, observando incrédulos el espectáculo, me cogieron por los brazos y me arrastraron hasta el salón para preguntarme, acto seguido, qué diantres podía pasárseme por la cabeza para justificar tal comportamiento, por otra parte tremendamente impropio de alguien de mi carácter.

Sobra decir que de ninguna manera era yo capaz de dar ninguna respuesta lógica. De hecho, no era capaz siquiera de articular palabra entre tantas risotadas, que por poco no acaban connmigo, pero que terminaron por remitir horas después, cuando ya el sacerdote había sido llamado, el funeral organizado, y mis hermanos y hermanas me habían dejado fuera de cualquier posible reparto de la herencia.

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