sábado 3 de octubre de 2009

Quien ha trabajado alguna vez en un empleo de cara al público reconocerá la sensación de cuando es sabedor de la impostura del orden y la limpieza del lugar: ha colocado aquí y allí los muebles y los enseres, y conoce las razones por las que tal mesa o cual mostrador ocupa uno u otro lugar. Al mismo tiempo, quien es cliente de esos locales solamente tiene la obligación de su disfrute, y jamás se le pasará por la cabeza el cuestionarse el porqué de la decoración o la disposición de los asientos.

Ocurre que, para el cliente, y de manera casi inconsciente, todo ocupa un determinado lugar porque debe hacerlo, y esta pasividad forma parte del encanto de su acto de clientelismo.

Algo parecido sucede en la sala de espera del médico de familia de tal o cual centro de salud, donde incluso el pequeño régimen de orden de unas pocas hileras de sillas de plástico se ve alterado constantemente por el caos producido por la clientela, un caos acrecentado sin duda por su carácter de no-lugar, ese sitio el que todos han de ir pero evitan frecuentar. Se produce un pequeño sentimiento de comunión entre los integrantes de una sala de espera, un minúsculo cubículo social cuyo estado de ánimo es la suma de todos los estados de ánimo de sus ocupantes y evoluciona como si realmente fuese uno solo. Cuando la enfermera tarda en hacer su aparición, la sala de espera se intranquiliza y alza la voz, mediante un murmullo casi inperceptible al principio, pero que acaba por ser reproche.

Sin embargo, no debemos olvidar que la sala de espera es a la vez el campo de acción y la zona de juegos de la enfermera, que, a primera hora, ha ordenado las sillas y conoce las reglas, sabe cómo hacerla callar, y puede ponerla patas arriba en un santiamén si le apetece.

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